¿HAY VIDA SIN EL POWERPOINT?

Llevaba varios días preparando esa presentación. Se trataba de una gran oportunidad para captar a ese cliente. Competiría con otros proveedores, claro; pero su proyecto era bastante bueno y estaba convencido de que tendría éxito. Por eso se esforzó en diseñar el correspondiente powerpoint con quince slides súper atractivas  que recogían toda la información: incluyendo gráficos de varios colores, esquemas con flechas rectas y curvas en distintas direcciones, tablas de cifras bien alineadas y el texto casi completo que repetiría para persuadir a sus interlocutores. Además, su compañera Marisa, buena creativa, había aportado detalles estéticos que enriquecían el decorado. ¡Todo listo!

Durante varios días, ensayó su discurso. Le habían dicho que lo importante era no dudar, hablar con convencimiento, sin trabarse; y que para eso, era necesario ensayar, ensayar y ensayar. Desde luego, por falta de esfuerzo no iba a quedar; así que dedicó varias sesiones a repetir, repetir y repetir con el powerpoint delante, hasta sabérselo de memoria. Un posible problema: el tiempo. Sólo dispondría de quince minutos, y en los ensayos la disertación abarcaba unos veinticinco. Solución: hablar más rápido. Conforme lo aprendía de memoria, pudo aumentar la velocidad; y más aún, leyendo algunos de los párrafos.

El día anterior, sintió pánico. Pensó que podría olvidarse de algo, quedarse bloqueado o no saber responder a alguna de las preguntas que le hicieran. Había oído hablar del miedo escénico, pero siempre creyó que se trataba de una exageración. Podía entenderlo ante un auditorio de miles de personas, o en los equipos de fútbol que visitaban el Bernabeu ante el rugido de ochenta mil gargantas, pero en una simple exposición de un proyecto de trabajo… “tampoco es el fin del mundo ¿no?”, razonaba. “Seguro que lo hago bien”. ”Tengo que creer en mí”. “Además, tengo el powerpoint; si me bloqueo, todo está ahí”.  Quería convencerse con este tipo de argumentos, pero le costaba. Se agobió tanto que pensó en abandonar. Buscó unas cuantas excusas que le permitieran escapar con un mínimo de dignidad. Pero ninguna era convincente. Había que hacerlo. Marisa y otros compañeros, también su jefe,  le transmitieron que estaban seguros de que lo haría genial. Sintió su apoyo, pero la presión añadida que lo acompañó incrementó  la ansiedad. Por la noche, apenas pudo dormir. Repasó, repasó y volvió a repasar. La incertidumbre no le abandonó.

Llegó el gran día. Seguía nervioso, pero sintió una euforia que lo contrarrestó; y eso le dio fuerzas. Hasta que esperó en la antesala a que le llamaran. Allí, notó que le sudaba todo el cuerpo. Si se sentaba, las piernas le temblaban. De pie, no paraba de andar como león enjaulado. Procuró calmarse. Repasó su discurso. Sobre todo, lo que diría al principio. Y comprobó hasta la saciedad que llevaba el pen-drive con el powerpoint. Si éste le fallaba… ¡uffff! no quería ni pensarlo. Por fin accedió a la sala donde sería la presentación. Un técnico bien dispuesto encajó el dispositivo en el ordenador y, superados algunos problemas menores, todo estuvo listo. Hubo que apagar las luces para ver mejor las imágenes. A él y al público se les veía mal, pero el impacto del power estaba asegurado. Telón levantado. ¡Adelante el actor!

Dio los buenos días. Dijo su nombre, su cargo en la empresa y algunos datos más sobre su experiencia profesional y los miembros del equipo que representaba.

— ¿Qué le parece si vamos al grano y nos cuenta lo que quiere presentarnos? — le interrumpió uno de los que allí estaban, probablemente el que más mandaba.

— Sí, sí… claro, claro… — respondió nervioso, dándose cuenta de que se había recreado en exceso y la audiencia se había impacientado.

Enseguida apareció en la pantalla la primera diapositiva. Otra vez, el nombre del proyecto y sus autores, que volvió a subrayar. Después, con la rapidez que había previsto en los ensayos, leyó el contenido de la segunda y la tercera. Sin mirar al público, claro; con el mismo volumen de voz; todo seguido, sin pausas: ni comas, ni puntos, como si todo fuera una misma frase. Una tediosa introducción que continuó con un esquema que retiró antes de que el más avezado lector pudiera comprenderlo.

— Disculpen que vaya tan rápido, pero como no tenemos mucho tiempo, no tengo más remedio — explicó para que le comprendieran, mirando intermitentemente al suelo — Si no entienden cualquier cosa, me interrumpen y se lo explico.

El silencio fue la respuesta. Y el escaso contacto visual le mostró algunas expresiones que no le gustaron. Se puso más nervioso. Y volvió a refugiarse en el powerpoint. La siguiente slide trataba de los cinco objetivos del proyecto. Uno por uno los fue leyendo, insertando explicaciones no leídas tras cada enunciado. Aquí, fue de mal en peor. Hablaba muy rápido, con muy mala vocalización, palabras y frases sin terminar y una entonación deficiente que dificultaban el seguimiento de la exposición. Casi siempre mirando hacia el suelo; a veces, al techo o al horizonte; pocas, a quienes le escuchaban; mejor dicho, a quienes estaban allí, porque escucharle, escucharle… Ni siquiera se situaba de cara al público. Incluso cuando no leía, a menudo se giraba hacia la pantalla y continuaba hablando de espaldas. Y así continuó con unas cuantas diapositivas más. Uno de los presentes miró el reloj y le hizo una inequívoca señal.

— Sí, sí, claro: ¿Cuánto tiempo tengo? — preguntó él.

— Tiene que terminar ya.

— ¿Ya? Uff, es que aún me queda lo más importante… Me gustaría que vieran…

— Lo siento; pero tenemos que ver a otras personas y ya le hemos dedicado más tiempo del que habíamos acordado — señaló el hombre del reloj — Si quiere, nos deja la presentación y la vemos nosotros en cuanto podamos.

— Bueno… Son sólo cinco o diez minutos más — insistió — Es que aún no les he explicado…

— De verdad que lo siento. No tenemos más tiempo. Gracias por su aportación.

Quedo en que les enviaría un PDF con la presentación, y salió a la calle acompañado de su maletín y su inseparable pen-drive. La ansiedad se había disipado, dando paso a una profunda insatisfacción. Se lamentó de la falta de tiempo. “Tantas horas de preparación y ensayos, y ni siquiera he podido contarlo”. En esa excusa, encontró la explicación. No reparó en nada más. Días después, supo que el cliente no había elegido el proyecto, y lo atribuyó a lo mismo. En ningún momento reflexionó sobre sus habilidades para preparar y exponer una presentación en público. O si lo hizo, se puso la venda en los ojos convencido de que se trataba de algo innato que nunca podría mejorar.

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